Género
Presentó 13 denuncias, no la hicieron caso
Señora Gómez: "Mi exmarido me dejó ciega a golpes"

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Sábado, 25 Noviembre, 2017 - 17:32

El 25 de abril de 2011, la argentina Susana Gómez se atrevió a huir del infierno en el que vivió durante casi una década. “Mi hijo mayor me guió hasta la casa de mi mamá, porque yo no veía”, recuerda Gómez en una entrevista con EL PAÍS.

Hace un mes, la Justicia dejó firme la condena a ocho años de cárcel contra su exmarido, Carlos Ariel Goncharuk, por las “lesiones gravísimas” y reiteradas que le infligió durante los años de convivencia. Es la sentencia más alta dada por un tribunal local a un caso de violencia de género en el que la víctima siga con vida.

“Si hoy lo puedo contar es por María Pueblo, si no yo iba a ser una de tantas mujeres muertas”, asegura, en referencia a la ONG que la cobijó en un refugio seguro, le dio contención y asistencia jurídica gratuita.

Gómez interpuso 13 denuncias penales contra su exmarido, pero asegura que la Justicia nunca la escuchó. “Si vos hacés la denuncia, esperás que te acompañen, no que te digan ‘volvete’ y no te ayuden. Eso fue lo que me pasó. La Justicia permitió que Goncharuk hiciera lo que hizo, me dejó ciega a golpes”, dice Gómez, quien camina con ayuda de un bastón y ha llegado acompañada de su abogado y el fundador de Casa María Pueblo, Darío Witt.

La primera denuncia llegó en 2003, con los primeros golpes. “Hasta entonces me había maltratado verbalmente, pero uno a veces lo deja pasar y no quiere ver lo que está pasando. Pero cuando me dio un cachetazo (bofetón), me asusté. ¿Cómo vas a pensar que tu pareja te dé un cachetazo? Por ahí un insulto, un grito, pero un cachetazo asusta. Ya tenía a mi nene más grande, que era un bebé, y ahí empezó todo”, señala.

La violencia fue a peor con el paso de los años. Humillaciones y golpes constantes, relaciones sexuales forzadas y aislamiento familiar y social forman parte de las agresiones físicas y psicológicas detalladas por Gómez.

Regresó una y otra vez a la comisaría de la mujer, con la esperanza de que la Justicia la protegiese, pero fue en vano. Sus padres no quisieron recibirla en casa, por miedo a que Goncharuk desatase su ira contra todos ellos, y tampoco encontró otra salida.

En julio de 2010, un juzgado de la ciudad argentina de La Plata notificó a Goncharuk que había sido denunciado por violencia de género. Furioso, fue hasta su casa. “Hija de mil putas, me volviste a denunciar”, le gritó a Gómez, antes de comenzar a golpearla frente a sus hijos. “Me agarró y me dio una paliza. Me dio trompadas a la cabeza contra la pared, me pateó y me tiró al piso”, recuerda esta mujer de 33 años.

Ese ataque, según posteriores certificaciones médicas, derivó en un “múltiple traumatismo craneal y doble desprendimiento de retina”, una lesión irreversible que la dejó ciega. La primera vez que la vio un oftalmólogo habían pasado más de seis meses porque Goncharuk le prohibió tajantemente ir al hospital bajo amenaza de matarla y enterrarla en el patio trasero de la vivienda.

Cuando se escapó de casa definitivamente y volvió a la Justicia, la Fiscalía la derivó a Casa María Pueblo, que la refugió junto a sus hijos y su madre en un lugar de domicilio reservado. “Amenazó y pegó a mi padre para que le dijera dónde estábamos, pero no lo sabía”, recuerda.

Aún con ayuda, reconstruir su vida no fue fácil. “¿Cómo era posible que yo tuviese que vivir encerrada y él estuviese libre”, recuerda. Witt confirma que se intentó ir tres veces, diciendo que no le importaba que la matase, pero poco a poco recuperó la confianza y más aún cuando en 2014 llegó el juicio y su exmarido fue condenado a ocho años de cárcel. “Sentí que se había hecho justicia”, dice Gómez, quien ahora trabaja como telefonista en la Corte de la Plata.

“Sé que no es poco estar viva, pero no veré nunca más. Tengo cuatro chicos y es muy duro saber que nunca más podré verles las caritas", lamenta. Por ese motivo, cree que el Estado es también responsable por no haberla escuchado y auxiliado, y prepara un juicio en su contra para el año que viene. “Las mujeres denuncian y no pasa nada. Diré las veces que haga falta que la justicia es también una asesina de mujeres”, opina, con el rostro endurecido. “El daño que me hicieron no me lo va a sacar nadie. Pero espero que haya un giro en la sociedad y que otras mujeres que son golpeadas tengan ayuda cuando la pidan”.

TOMADO DE EL PAIS

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