Opinion
EL CRUCIFICADO ES EL RESUCITADO.
El Púlpito
Guillermo Siles Paz, OMI
Lunes, 17 Abril, 2017 - 09:02

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No hay nada que hacer, “Todo se ha cumplido” (Juan 19:30). Jesús se ha resignado ante la muerte. Asumió la cruz, se sometió obedientemente y desde su obediencia nos trajo la fortaleza de nuestra fe. Pero no podemos negar, ni rechazar, que la relación de la muerte de Cristo esta tan ligada a la vida, que solo con su muerte podemos comprender la nueva vida que tenemos en él. La cruz será nuestra liberación en todos los sentidos, una locura, “nosotros proclamamos a un Mesías crucificado: para los judíos ¡qué escándalo! Y para los griegos ¡qué locura!” (1Cor.1, 23)

 

Tal vez sea más fácil entender para todos nosotros que la vida y la muerte es una gran unidad y que hace que todo tenga sentido. Si la muerte se quedaba como está diseñada para nosotros, entonces sería como la limitación más frustrante, pero como sabemos que la cruz se convirtió en causa de nuestra salvación, ahí cobra sentido, el crucificado es el resucitado, el que murió y vive para estar en medio de nosotros.

 

Muchos entienden las dimensiones de la cruz, la más común y la que lo repetimos por el dogma de fe, la que cobro sentido con su resurrección, que Jesús cargó con nuestros pecados para salvarnos. “El cargó en su cuerpo con nuestros pecados en el madero de la cruz, para que, muertos a nuestros pecados, empezáramos una vida santa”, (1Pe. 2, 24). La otra dimensión es que Jesús, por amor a su padre y a la humanidad, aceptó someterse plenamente a los mandatos de su padre, sin mezquinarse, sin aferrarse a su ser Dios, sino amando profundamente hasta darse del todo, “haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre.” (Flp. 2,7-11). Y la tercera dimensión que nos permitimos reflexionar, es que la cruz de Jesús, también es la consecuencia de su vida, de sus palabras, de sus actitudes profundamente proféticas y de la búsqueda de transformación de la misma vida. Jesús era como la piedra en el zapato, era como el que estorbaba a los que ostentaban los diversos poderes. Por eso, su cruz es la consecuencia de su entrega a la humanidad y la búsqueda de humanizar la misma vida. “Jesús le dijo: Si he respondido mal, demuestra dónde está el mal. Pero si he hablado correctamente, ¿por qué me golpeas?” (Jn. 18,23)

 

Ahora, mirando la reconfiguración de lo que será la pascua, fácilmente podemos entender la resurrección. Es que Jesús tenía que resucitar, lo que había dicho, lo prefiguró, lo recalcó, porque Dios lo puso como el sacrificio y la evidencia de garantía de nuestro propio futuro. Es decir, que Jesús nos llenó de esperanza al decirnos, por este camino, todos pasaremos, será necesario que pasemos primero por esta experiencia existencial, será necesario apartarnos para transformarnos. Dios hizo lo que tenía que hacer, demostrarnos su poder transformador. Por eso Dios nunca abandona, sino que nos pone en la prueba de la comprensión, de la mirada de fe, de la paciencia, hasta aceptar, que así tiene que ser, tenemos que morir para resucitar en Cristo, porque él fue el primero. “él que es el principio, el primer nacido de entre los muertos” (Col. 1,18)

 

La resurrección de Jesús dará sentido a muchas cosas. Lo primero de todo, son sus palabras, todo lo que nos dijo en su vida pública, cobra sentido, era verdad, tiene valor, tanto los dichos, su proyecto de vida y la búsqueda del Reino de Dios y su justicia.

 

También hoy, por la resurrección de Jesús, nos hacemos parte de la alegría de vivir el Evangelio, la buena noticia. Jesús venció la muerte, ya no más muerte, sino que somos herederos de la esperanza de la vida eterna.

 

Finalmente Dios es un Dios de vivos, y no de muertos, esta expresión nos hace construir la comunidad de vida y de fe. Con esa garantía seguimos esperando hasta cuando nos toque. Será la comunidad de los creyentes, los que hagamos visible a Cristo en nuestra vivencia cotidiana. “Todos los que habían creído vivían unidos; compartían todo cuanto tenían.” (Hch, 2, 44).  Será Dios que nos dé su aliento de vida. Ya no tendremos que esperar, sino que vivamos, “el ya pero el todavía no”. Porque Jesús nos hizo experimentar su amor y su entrega que nos logra transformar.

 

Ahora los que experimentamos en nuestra vida al Cristo resucitado, nos sentimos más que comprometidos para irradiar a todo el mundo la experiencia de fe y de amor a todos. Es Cristo mismo que nos comprometió, porque por su resurrección nos manda a ser los mensajeros, los que debemos dilatar su reino en medio de nuestro mundo.  “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos…” (Mt. 28,19-20). Por eso la semana santa es un tiempo especial que alimenta nuestra fe.

La resurrección debería de marcar hoy, algunos cambios en medio de la historia. El compromiso que cada uno debería de tener, es transformar su propia realidad. Que esa experiencia pascual, de cambio del mal a la vida, de la cruz a la resurrección, se traduzca en la vivencia de cambios profundos, llenos de vida, de preocupaciones concretas con las personas y con nuestro entorno. Debemos de provocar algunas resurrecciones en medio de la misma vida. Esta será la Pascua que nunca perderá su actualidad.