Opinion
Guardianes
Surazo
Juan José Toro Montoya
Martes, 17 Octubre, 2017 - 17:24

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Sin recuerdos, el ser humano es un objeto más de la creación. En el pasado está todo: nuestro nacimiento, la actitud de nuestros padres, los primeros amigos, la escuela… A medida que vivimos, creamos recuerdos y estos forman nuestra personalidad.

La historia es el pasado de las sociedades, de los conjuntos de personas. Explica sus antecedentes, su origen y sus transformaciones con el transcurrir del tiempo. Un pueblo sin historia no es más que un conjunto de seres que, sin recuerdos colectivos, se alejan del concepto de personas.

Con el paso del tiempo, los seres humanos dejamos huellas: fotografías, grabaciones, imágenes en movimiento y, ocasionalmente, papeles como consecuencia de nuestros actos administrativos.

En conjunto, las huellas que dejan los seres humanos son las huellas de la historia. El presente se graba en papeles, piedras, vasijas, monumentos, textiles, etc. y, con el paso del tiempo se vuelve pasado, se transforma en historia.

Si esas huellas, esos recuerdos, se perdieran, las personas y sociedades nos quedaríamos sin personalidad… nos convertiríamos en objetos, materia sin memoria.

Uno de los muchos ejemplos de esta verdad es el detalle de prefectos de Potosí que levantó en su tiempo el prolífico Modesto Omiste. Existe un vacío de 15 años, entre 1844 a 1859. El propio historiador explicó que el hueco en esa relación se produjo “por no existir en la oficina del Tesoro Público los libros de tomas de razón, correspondientes a dichos años”. ¿Quiénes fueron prefectos en ese periodo? La respuesta no está en ese texto de Omiste.

Y como ese hay varios ejemplos. Por lo general, la gente no reconoce el valor de los archivos y, al verlos como papel que ocupa espacio, los incendia. No se sabe, por ejemplo, qué pasó con los registros de colegios potosinos tan antiguos como Pichincha y Santa Rosa. Muchas veces, las huellas de la historia son borradas intencionalmente. Lo hizo Atahuallpa en el siglo XVI y lo imitó Arce Gómez en 1979.    

Los recuerdos se guardan en la mente y las huellas del tiempo en los archivos, los conjuntos ordenados de documentos y rastros de la historia que una persona, una sociedad o institución producen en el ejercicio de sus funciones o actividades.

Los archiveros o archivistas son los que cuidan esos archivos, las memorias de las sociedades, las huellas que dejaron sus integrantes, las pruebas de los hechos que un día fueron presente. Los cuidan y ordenan sistemáticamente para tenerlos al alcance de quien quiera consultarlos, de aquel que quiera viajar al pasado a través de sus huellas.

Como toda actividad humana, la archivística comenzó de manera empírica y luego pasó a enseñarse en las universidades. Actualmente, la Universidad Mayor de San Andrés cuenta con la carrera de Bibliotecología y Ciencias de la Información.

Los primeros archiveros de nuestra historia fueron los khipukamayuq o quipucamayos, los funcionarios de las sociedades andinas que componían, conservaban y descifraban los khipus que no solo eran sistemas contables, como cree la mayoría, sino verdaderos soportes materiales de la memoria colectiva.

Ahora es posible conocer a estos verdaderos guardianes del tiempo gracias al Diccionario Biográfico de Archivistas de Bolivia que fue editado por la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional bajo la dirección de Luis Oporto Ordoñez.  

Allí están casi todos, guardados en un solo envase que ya alcanzó su segunda edición y ya fue presentado hasta en México. Ahora la memoria tiene también su memoria.

 

  

 

 

 

(*) Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.