Los soldados envejecen, los camaradas no
La mañana del miércoles 17 de mayo de 1978 amaneció helada en Sucre. Un frío que no pedía permiso, que se colaba bajo la ropa y se quedaba en los huesos. Hacia el portón del Regimiento Sucre 2 de Infantería avanzaba una fila de muchachos, inflando el pecho, caminando algunos en puntas de pie para parecer más altos. Delgados. Deportistas.
Con la maleta de madera más pesada que sus certezas. Candado firme. Un par de calcetines, una polera, ropa interior. Y entre todo eso, latas, panes envueltos en periódico, una bolsa de maíz tostado. El último olor a cocina materna antes de cruzar el umbral.
Al frente, el coronel Gustavo Rivera. Porte recto. Mirada que atravesaba la formación. No levantaba la voz innecesariamente, pero cuando lo hacía, nadie dudaba. Detrás, el sargento Joaquín Calvimontes, reglamento en la memoria, voz ronca, pasos firmes. El cuartel no era una metáfora: era disciplina, era frío, era patria.
“Así entramos”, dice Humberto Ramos Parada, y en su voz todavía tiembla el adolescente. “Yo pesaba 43 kilos. El mínimo era 47. Un sargento me anotó los cuatro que me faltaban”. Tenía 17 años. Introvertido. Terminaría siendo estafeta del coronel. Dormía en un lugar y amanecía en otro. “Era 1978. Los militares de Sucre tenían algo que ver con el poder. Lo acompañábamos de noche, y al amanecer no sabíamos dónde estábamos”.
Durante trece meses y trece días —no un año, como decía el papel— esos muchachos vieron pasar el poder frente a sus botas recién lustradas. En ese tiempo el país cambió de rostro una y otra vez: Hugo Banzer Suárez, Juan Pereda Asbún, David Padilla Arancibia. Y luego vendrían Walter Guevara Arze, Alberto Natusch Busch, Lidia Gueiler Tejada, hasta desembocar en Luis García Meza. Golpes de Estado. Emergencias. Órdenes que bajaban tensas por la cadena de mando.
TIEMPO DE GOLPES Y DE GOLES
Era tiempo de golpes y de goles. De botas marcando el patio y de balones rodando a escondidas. “Vivíamos en estado de emergencia constante”, resume Eduardo Irala Flores, y en su frase caben los sobresaltos del país y la juventud que, aun bajo órdenes tensas, encontraba una cancha para seguir latiendo. Para seguir gambeteando el miedo, la disciplina férrea y los cambios de mando que sacudían al país como un silbato intempestivo.
Pero antes de la historia grande estaba la historia mínima. El comedor. La lawa espesa en el plato de aluminio. El ajinomoto pasando de mano en mano como reliquia. “La lawa era caliente. No siempre llenaba, pero nos reunía”, recuerda Mario Pimentel. Y Wilson Aguilar completa: “Tenía gusto a disciplina. Y a juventud”.
LA PATRIA CABÍA EN UN PLATO DE ALUMINIO
Los sábados, el cuartel se volvía pueblo. Madres con viandas improvisadas. Padres ya menos enojados —aunque al principio intentaron sacarlos por haberse presentado sin permiso y antes de tiempo—, ahora resignados y en silencio orgullosos. Enamoradas en la puerta. “Uno planchaba el uniforme como si fuera a casarse”, bromea Juan Caballero Campos.
No todos tenían visita. Entonces venía la tentación de “chorrearse”. Saltar un muro. Caminar por las calles de Sucre antes de la corneta. Si los descubrían, llegaban las “chocolateadas”, el trípode, el chancho. “Éramos changos, aguantábamos”, dice Mario Pimentel. “A veces con rabia, a veces riéndonos después”.
Julio Rendón, kepí perfectamente alineado, lo dice con serenidad: “Servir a la Patria tenía que hacerlo. No me arrepiento”. Descendiente del Dúo Rendón Arandia, heredero de guitarras y cuecas sucrenses, encontró en el cuartel otra forma de música: la del orden cerrado y la amistad que no desafina.
Felipe Choque Paco guarda los recuerdos como quien guarda una carta antigua. “Son recuerdos que acompañan toda la vida. No imaginé que nos volveríamos a ver”. Evoca El Tejar, la Región Militar de San Francisco, la Policía Militar. Vigilar y proteger. “Sería lindo reunirnos a los 50 años”.
Marcelo Reyes —el que entró con 17 años y luego llenaría el coliseo Jorge Revilla Aldana con la selección de básquet— lo resume sin retórica: “Más de un año viviendo en un mismo dormitorio. Nos conocemos las debilidades y las fortalezas. Da ganas de llorar”.
Y está la historia de Eduardo Irala Flores, Compañía Lagartos. Quería irse a La Paz. Probar suerte en Bolívar o en The Strongest. “Yo tenía compañeros que llegaron. Nunca me sentí menos que ellos”. Ya estaba subido al carro cuando dos tenientes lo bajaron. “Después me enteré: alguien avisó que yo jugaba fútbol”. Lo retuvieron.
El equipo del RI-2 se inscribió en el campeonato José María Plá, del colegio Don Bosco. Salieron campeones. Eduardo fue goleador. “Un sargento me dijo que vine a servir a la Patria y no a jugar fútbol”. Cuatro días en el calabozo. A las tres de la mañana, chocolateadas. Luego jugaron contra los oficiales. “Los dejé calladitos”. Desde entonces, nadie dudó de su lugar en la cancha.
DONDE EL PAN SE DEFENDÍA CON GOLES
Juan Caballero Campos también sabe de goles. Lo rechazaron por menor de edad. Volvió. Insistió. Tres meses sin salir, su madre sin saber dónde estaba. Una tarde su compañía perdía 3-0 y apostaban el pan del desayuno. Entró a la cancha con zapatos prestados. Ganaron 4-3. “Nunca más faltó pan en la compañía C”. El teniente le dio una semana de franco. Su madre, creyendo que había desertado, lo recibió con latigazos. Amor y disciplina, a su manera.
Wilson Aguilar, emocionado hasta las lágrimas, mira desfilar a los “amarillos”, los k’ellu runas del RI-2, y siente que algo se le aprieta en el pecho. “Es hermoso. Me entra una melancolía”. El “junte” de hoy empezó con dos camaradas que se encontraron por casualidad.
Después vinieron las llamadas, los mensajes, los recuerdos desempolvados uno a uno, como fotos guardadas en una caja antigua. En medio de la reunión suena un celular: es Gonzalo Vara, desde Barcelona. Su voz cruza el océano y se mete en el salón como si nunca se hubiera ido. Promete estar para los 50 años. También llegaron camaradas desde Argentina e Inglaterra, y esperan a Ramiro Serrano, que está en España, y a muchos otros que todavía faltan en la mesa. “Queremos que esto crezca”, dice Wilson, y no habla solo del grupo, sino de la memoria que los mantiene juntos.
Quería ser futbolista, soñaba con una cancha llena y un número en la espalda, pero la vida le marcó otra posición. Humberto, hoy médico intensivista radicado en Argentina, sonríe con una nostalgia que no se le despega de los ojos. “El uniforme se lleva en el corazón”, dice, como si aún sintiera el peso de la tela amarilla sobre los hombros. El fútbol no se le dio —“ni el físico ni el tamaño”, bromea—, y terminó jugando otros partidos, más silenciosos y decisivos, en una sala de terapia intensiva.
El egreso estaba previsto para el 28 de mayo de 1979. Pero el país no tenía calendario estable. Se quedaron trece meses y trece días. Cuando cruzaron el portón ya no eran los mismos muchachos que apenas podían cargar la maleta de madera.
“Del cuartel salimos distintos. Más firmes. Más despiertos. Un poco menos muchachos. Más conscientes”, afirma Julio Rendón.
VOLVER AL LUGAR DONDE EMPEZÓ TODO
Cuarenta y ocho años después, vuelven al patio y el tiempo parece haberse quedado prendido en los ladrillos. Hoy comparten un pedazo generoso de carne, pan caliente, llajwa abundante; comen sin apuro, sin contar monedas, sin apostar el pan como antes. Ríen. Cantan. Y mientras brindan, saben —sin decirlo— que ahora tienen lo que entonces faltaba: mesa amplia, tiempo propio, certezas. Pero la alegría, curiosamente, se parece mucho a la de aquellos días en que casi no tenían nada.
Marcelo Reyes, el “Chino Reyes”, recién llegado desde Inglaterra, entra al encuentro con la misma energía del dormitorio de 1978: voz firme, sonrisa ancha, memoria intacta; está ahí, estrechando manos, palmoteando espaldas. “Es lindo recordar nuestra juventud, cuando teníamos 17 o 18 años. Espero que nos juntemos para los 50 años. Los quiero mucho”. Y mientras habla, el tiempo parece volver a formarse en fila, como si la corneta estuviera a punto de sonar. De pronto lanza un solo grito y, sin pensarlo, todos obedecen: asume el mando y por un instante regresan a ser soldados.
Los nombres ausentes pesan. No se nombran en voz alta al principio, pero están. Fernando Gutiérrez. Roberto Sandoval, el “King Kong”, alto, fuerte, noble; de esos que parecían indestructibles en el ejercicio y en el patio, espalda ancha, paso firme, y que en la vida civil también supieron hacerse querer. Pablo Ríos, estafeta del comandante, hombre de confianza, compañero de guardias largas y confidencias discretas cuando la noche caía sobre el cuartel. Otros partieron antes de tiempo. “Los sobrevivientes estamos vivos”, dice Eduardo. Y en esa frase caben la celebración y la despedida.
Hablan de 2028 con la solemnidad de una promesa. Quieren llenar otra vez el cuartel. Traer hijos y nietos. Mostrar el estanque donde Juan nadaba y por eso lo apodaron “el pez”. El comedor de la lawa compartida. El dormitorio donde aprendieron que la patria también puede tener rostro de amigo.
Vieron pasar presidentes. Vieron caer gobiernos. Vivieron golpes y goles.
El servicio militar terminó en 1979.
La camaradería, no.
Los soldados envejecen.
Los camaradas, nunca…
