El déficit no es el problema: es el espejo donde no queremos mirarnos

Enrique Velazco Reckling

En casi todos los países occidentales se repite el mismo ritual: un ministro de economía aparece en televisión, con gesto grave, para anunciar que “las cuentas públicas están en rojo” y que “hay que hacer sacrificios”. La palabra déficit se pronuncia como si fuera una enfermedad, un síntoma de desorden, un peligro inminente. Y, sin embargo, si miras los datos, descubres algo sorprendente: el déficit no es la excepción, sino la norma.

Desde 1990, en casi 200 economías del mundo, más del 85% de los años terminaron con déficit fiscal; desde 1900, en 125 años de historia económica, Bolivia tuvo déficit en 105; desde que la China y Viet Nam publican sus estadísticas económicas, han incurrido en déficit todos los años. No se trata de gobiernos irresponsables ni de sociedades que “viven por encima de sus posibilidades”. Se trata de algo mucho más simple: así funciona una economía moderna. Pero esta explicación rara vez aparece en los medios. En su lugar, se repite una metáfora engañosa: “el Estado debe comportarse como una familia”. Si una familia gasta más de lo que ingresa, se endeuda. Si lo hace el Estado, también. Parece lógico, pero es falso.

Pero esa metáfora es la base sobre la que se construye el mito causal de Déficit → Emisión de Dinero → Inflación, trilogía que solo podría controlarse recurriendo a la austeridad, la independencia del Banco Central, y el fortalecimiento del sistema financiero. Mientras este constructo persista como el paradigma dominante en el pensamiento económico y político de un Estado, todas las opciones de política económica solo acentuaran la crisis. En consecuencia, trabajar para superar la crisis, debe partir por superar este paradigma falso.

Un Estado que emite su propia moneda no necesita “conseguir” dinero antes de gastarlo. Lo crea al gastar y lo “destruye” al recaudar. El déficit no es un agujero: es la diferencia entre lo que el Estado inyecta en la economía y lo que retira mediante impuestos. Es contabilidad básica, no ideología.

¿Por qué entonces casi todos los países tienen déficit? Porque el sector privado debe ahorrar para invertir y porque muchos países importan más de lo que exportan. Si las familias y empresas quieren ahorrar dinero para luego invertir, y si parte del ingreso se va al exterior pagando las importaciones, alguien tiene que compensar ese retiro de dinero circulante. Ese “alguien” es el Estado que crea dinero. Si no lo hace, la economía se enfría, el empleo cae y la recaudación se desploma.

Los pocos países que logran superávits fiscales sostenidos — por ejemplo Alemania, Noruega, Corea del Sur, o Países Bajos— tienen algo en común: superávits comerciales gigantescos. Exportan mucho más de lo que importan. El resto del mundo, simplemente, no puede copiar ese modelo.

Pero la narrativa dominante insiste en que el déficit es un problema moral, una señal de desorden. Y así, la población termina creyendo que el Estado debe “ajustarse el cinturón”, aunque eso implique recesión, desempleo y deterioro de servicios públicos. La austeridad se presenta como un acto de responsabilidad, pero sus efectos son claros: menos ingresos para las familias, más endeudamiento privado, más poder para el sistema financiero. Este es el camino seguido por occidente, que quedó atrapado en un marco institucional que convierte la austeridad en destino inevitable con los bancos centrales independientes, las reglas fiscales rígidas, la desregulación financiera, y las privatizaciones. Es un modelo que prioriza la estabilidad financiera sobre el desarrollo productivo.

La realidad desmiente estas teorías (dogmas). China —el país que más ha crecido en las últimas cuatro décadas— hizo exactamente lo contrario. Usó el déficit como herramienta para construir infraestructura, impulsar tecnología, financiar educación y sostener el empleo. No se obsesionó con el equilibrio fiscal: se obsesionó con el futuro de bienestar e inclusión económica de su gente.

Claramente, el siglo XXI exige un camino diferente al que sigue occidente. La transición energética, la crisis climática, la revolución tecnológica y la desigualdad creciente requieren Estados capaces de invertir, planificar y coordinar. El déficit no es un enemigo: es una herramienta. La pregunta no es “¿cuánto déficit?”, sino “¿para qué el déficit?”.

El debate público en Bolivia necesita urgentemente una actualización que considere las opciones reales de desarrollo. No podemos seguir discutiendo la economía con metáforas domésticas ni con dogmas heredados de los años 80. El déficit no es un problema a eliminar, sino un instrumento a utilizar con inteligencia. La austeridad no es una ley natural: es una elección política. Y es hora de elegir distinto si queremos que el proceso que se inició hace un par de meses, no se agote tratando de aplicar soluciones fracasadas a problemas imaginados.

En seis entregas sucesivas, abordaremos este tema analizando por qué los países tienen déficits; por qué es un mito que el Banco Central está “obligado a imprimir billetes”; por qué las políticas de austeridad castigan a los hogares en beneficio de bancos, empresas y gobierno; cómo el uso racional del déficit permitió a China sacar de la pobreza a la mayor cantidad de gente en la historia de la humanidad, a la vez que va en camino de asumir el liderazgo indiscutido en economía, tecnología y desarrollo; por qué y cómo occidente perdió su posición de liderazgo global; y cerramos señalando pautas de dirección de la que debería ser una agenda nacional de desarrollo para el Siglo XXI.

Esperamos que esta serie motive una urgente reflexión compartida entre la academia, los políticos y los medios de comunicación, como condición necesaria para enrolar a la ciudadanía en un pronto cambio de paradigma de desarrollo.

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