El fútbol como identidad nacional en un Estado plurinacional

Jherson Marvin Guerra Chura

En un Estado plurinacional como Bolivia, donde la diversidad étnica y regional muchas veces dificulta la consolidación de un proyecto nacional único, el fútbol actúa como un potente mecanismo de cohesión social. Este deporte se convierte en una especie de “identidad disponible” que las personas utilizan para alcanzar reconocimiento y pertenencia en un Estado que, en la vida cotidiana, no siempre logra representarlos completamente. Por eso, el fútbol no solo se juega en la cancha, sino también en el plano simbólico de lo que significa ser parte de un país, que en este caso sería Bolivia.

En este contexto, lo que plantea Benedict Anderson sobre las “comunidades imaginadas” ayuda a entender este fenómeno. El fútbol permite construir un compañerismo horizontal que trasciende diferencias culturales, sociales e incluso políticas. En Bolivia, esto puede entenderse como una especie de “ciudadanía ilusoria”, donde los individuos llenan los vacíos de representación estatal mediante la identificación emocional con la selección nacional. Así, el acto de cantar el himno, vestir la camiseta o gritar un gol se transforma en un ritual que da sentido de pertenencia.

A falta de una “alta cultura” compartida que unifique a toda la población, la nación se construye también a través de rituales visuales y sonoros. El estadio, como el Estadio Hernando Siles, se convierte en un espacio donde se produce una experiencia colectiva intensa, en la que por momentos se suspenden las diferencias estructurales. Es una forma de lo que algunos llaman communitas, un escenario en el que la unidad no se impone desde el Estado, sino que emerge desde la emoción compartida, y que a diferencia del nacionalismo institucional, este sentimiento es más bien afectivo, inmediato y hasta cierto punto apolítico.

Sin embargo, esta identidad construida alrededor del fútbol también es frágil y volátil, ya que depende en gran medida del éxito deportivo. En nuestro caso, el fracaso no es solo un resultado en la cancha, sino un recordatorio de limitaciones más profundas. Se instala entonces una especie de “agonía del casi”, esa sensación de estar cerca pero no llegar, de ilusionarse para luego volver a caer. Momentos como la expulsión de Marco Etcheverry en el Mundial de 1994 siguen siendo símbolos de esa frustración acumulada, pero no son los únicos. De hecho, esa lógica del “casi” volvió a hacerse evidente recientemente; la derrota ante Irak en el repechaje intercontinental de 2026 desnudó una incapacidad persistente de transformar el dominio del balón en destino, marcando el colapso de una ilusión que se había alimentado durante décadas. No se trató solo de un partido perdido, sino de la confirmación de un patrón, de una promesa que siempre parece estar a punto de cumplirse pero termina diluyéndose en el momento decisivo.

A todo esto se suma el llamado “espejismo de la altura”, donde los triunfos en La Paz pueden generar una percepción de fortaleza que no siempre se sostiene en el contexto internacional. La dinámica del fútbol local, más lenta y fragmentada, no prepara necesariamente a los jugadores para competir en escenarios de mayor exigencia. De este modo, la ilusión construida alrededor del equipo nacional termina debilitándose cuando se enfrenta a realidades distintas.

Desde otra perspectiva, el fútbol también puede entenderse como una continuación de la política por otros medios, donde las tensiones y disputas entre Estados se trasladan al plano simbólico del deporte. En ese sentido, no es casual que los Estados lo hayan utilizado como herramienta de poder blando, aprovechando su impacto social y emocional para proyectar una imagen de unidad, orden y estabilidad. Ejemplos claros de ello se encuentran en los regímenes de Jorge Rafael Videla en Argentina y Emílio Garrastazu Médici en Brasil, donde los éxitos futbolísticos sirvieron para reforzar una narrativa positiva del país, incluso en medio de contextos políticos profundamente conflictivos.

No obstante, el fútbol también ofrece un espacio de reivindicación para países considerados “periféricos”. En competiciones internacionales, se abre la posibilidad de que los más pequeños desafíen a las potencias, alterando simbólicamente el orden establecido. Sin embargo, esta narrativa muchas veces es amplificada por los medios de comunicación, que tienden a construir relatos heroicos en la victoria y profundamente críticos en la derrota, exagerando tanto virtudes como defectos. Algo similar puede observarse incluso fuera del fútbol. Por ejemplo, el caso del escarabajo tigre boliviano (Pometon bolivianus), cuya victoria en un concurso internacional fue presentada como un triunfo nacional frente a competidores más visibles. De pronto, una especie casi desconocida se convirtió en símbolo de orgullo colectivo. Sin embargo, al igual que en el fútbol, detrás de ese relato heroico persiste una realidad más compleja: su hábitat sigue amenazado, lo que muestra cómo estas victorias simbólicas muchas veces conviven con problemas estructurales que no desaparecen.

En definitiva, en un Estado plurinacional como Bolivia, el fútbol funciona como una especie de “ilusión de nación”. Permite imaginar una comunidad homogénea que, en la práctica, está atravesada por múltiples diferencias, aunque momentos como la clasificación al Mundial de 1994 dejaron una huella de autoestima colectiva, la realidad del fútbol contemporáneo, cada vez más mediático, industrializado y atravesado por intereses económicos, muestra que este deporte no solo une, sino que también refleja las tensiones y contradicciones de la sociedad. Y como bien sugiere Eduardo Galeano, el fútbol es una alegría que duele: una celebración compartida que muchas veces termina en la melancolía de lo que pudo ser y no fue.