Fotogenia electoral: poses, sonrisas y gestos de los candidatos a la alcaldía de La Paz

Alvaro Ariel Machicado Villca

Ya se ha hablado bastante del pasado de los candidatos, al menos de los más amados u odiados de la numerosa cantidad de 17. Con menor frecuencia se ha hablado de su trayectoria laboral o profesional, y quizá un poco menos de sus propuestas, planes o itinerario político. Aun así, esto último no pasa por completo desapercibido, pues en contraste con otras caras de nuestros sujetos de análisis (los pretendientes de la Ciudad) podría decirse que goza de una considerable atención, en medios televisivos o foros universitarios. Dicho esto, centrémonos en un aspecto verdaderamente sutil que por lo general es indiferente a todo el mundo, me refiero a la imagen del candidato (en tanto objeto de estudio), su destreza para posar, y los efectos de ellas en la percepción de los electores e incluso en la intención de voto. Es decir, para ser más claros, hablemos de cómo “posan” los candidatos y qué imagen venden al público.

Recordando a Roland Barthes, podría decirse que los candidatos, más allá del programa y del proyecto político, ofrecen un conjunto de opciones cotidianas dispuestas como en un menú para la elección del elector, quién compra con su voto la actuación más convincente o el mejor performance. Se ofrece una “manera de ser” que se ve por ejemplo en el modo de vestir, en la manera de hablar y en los valores que se pretenden representar. Se ofrece, en fin, una atmosfera de emociones expresada en un conjunto de cosas visibles, una “pose”. La imagen, la efigie del candidato, construida en base a un discurso y reforzada por la repetición en los medios, establece un vínculo personal entre él y los electores. Este vinculo es de naturaleza emocional e irracional, puesto que obedece más a una identificación con alguno de los rasgos que componen el “retrato” del candidato que a una valoración de su proyecto político. Si hacemos el ejercicio de ver la imagen electoral como una fotografía notamos que se presenta ante nosotros cierta profundidad: hay algo que atraviesa la foto y nos mueve a abominarla o disfrutarla: un modo de ser que dependiendo de los valores y prejuicios del que la observa lo aburre o lo seduce. Lo que nuestros candidatos dan a leer es una clase social (“soy del pueblo”, “soy una persona humilde y trabajadora”), un arraigamiento a algo (“soy el mallcu”, “soy hijo de guerreros de los andes”), y una situación sociomoral (“la ciudad está devastada”, “soy el único que puede…”, “cuidemos La ciudad”). Mas allá de los discursos y las palabras, todo esto se ve con mas sutileza en los abrazos, los gestos afectuosos, los sombreros de charol, las corbatas, el chauvinismo, las compras en el mercado, los chistes malos, la ropa gastada, los apis con buñuelo…

Según Max Weber, la dominación carismática supone una relación de carácter emotivo. Del mismo modo en que los discípulos son el complemento del profeta, ciertos grupos de personas (los adeptos) son el complemento del caudillo. Así, la persona cuya personalidad presenta algún don, alguna cualidad que pasa por extraordinaria, o mejor dicho extracotidiana, para un determinado grupo de personas, se libera para ellas de la obligación de argumentar racionalmente para convencer o disuadir. Está de alguna manera fuera de las normas que le imponen al hombre corriente ser lógico y coherente, está fuera del examen o análisis, de la economía, de la historia, en síntesis, es ajeno a toda regla. Su carisma no se asienta precisamente sobre su gracia o simpatía, como pudiera pensarse al oír la palabra, sino, como ya lo hemos mencionado, sobre algún don o cualidad extracotidianos, de manera que existe más de un tipo carismático, los hay en diferentes formas: el artista (músico, cantante…), el carismático belicoso, el “buen muchacho”, el intelectual, el “humilde… Esta constituye la dimensión irracional de la política y de la democracia. La validación de la dominación carismática, de la cualidad excepcional del elegido, en nuestro caso del candidato, se encuentra en el reconocimiento de ella por parte una comunidad o un grupo de personas. “Este ¨reconocimiento¨ es, psicológicamente, una entrega plenamente personal y llena de fe surgida del entusiasmo o de la necesidad y la esperanza” (Weber, 2014: p. 365).

En los términos de Barthes, la imagen electoral del candidato supone una complicidad del elector (requiere y encuentra validación). La imagen funciona como un espejo, puesto que ofrece al votante su propio reflejo, el reflejo de sus ideas, costumbres, tradiciones, valores, gustos, odios, preferencias, pero agrandado, magnificado y llevado al grado de modelo, héroe, tipo. El elector de alguna manera es expresado en la “fotografía del candidato”, es incluso chantajeado por ella, por los valores morales que representa o pretende representar (pueblo, patria, familia, transparencia), y de esta forma es invitado a elegirse a sí mismo. Así, como hemos visto, el vínculo, la preferencia por un candidato u otro, es en gran parte, si no enteramente, emotivo e irracional.