Manuel Morales
El gobierno de Rodrigo Paz se ahoga en su propia saliva debido al cúmulo de errores que comete de manera reiterada y sin atisbo de rectificación. Esta dinámica no es casual: responde a la propia naturaleza política de Paz. Si antes afirmé que el gobierno de Evo Morales era sistémico —en el sentido de que la cabeza dictaba lo que el cuerpo reproducía—, el mismo diagnóstico aplica a Paz, pero con un signo distinto. Morales jugaba al fútbol, ordenaba construir canchas en todo el país y cultivaba la egolatría; Paz, en cambio, es el político neopopulista, improvisado, que cree que su capital electoral es inagotable y que sus fantasías de poder se realizan en el goce de su pequeño círculo, mientras que, en la práctica, el país está roto.
Esa desconexión con la realidad se refleja en el sentir popular. En estos días, la gente en la calle me pregunta: «¿Qué ha pasado con Rodrigo?». Las interpelaciones al gobierno son cada vez más duras y la desconfianza crece, no solo hacia él, sino hacia quienes lo acompañan y hacia los oscuros acuerdos con la fracción evista que le permitieron obtener votos y mantener en el aparato estatal a una abigarrada gama de funcionarios: azules, azul marino, azul cobalto, celestes y demás mutaciones cromáticas. Quienes hace meses depositaban certezas en la promesa de un nuevo modelo económico y un nuevo ciclo gubernamental hoy empiezan a dudar. En redes y medios se escucha la pregunta incómoda: ¿con Paz vamos a salir verdaderamente adelante?
El fracaso en la construcción de alianzas es la prueba más fehaciente de esta debilidad. Samuel Doria Medina vuelve a perder otra oportunidad de ser parte del gobierno, y los hechos demuestran que Unidad Nacional no sirve para gobernar, ni para cogobernar, ni siquiera para articular una oposición efectiva durante los catorce años del evismo o los cinco de Arce. Su candidato a vicepresidente Lupo sale del Ministerio de la Presidencia con un saldo negativo y sin haber sido un gestor transformador, lo que plantea un interrogante sobre su futuro político. Ahora, tanto Libre como Unidad Nacional pretenden ejercer una «oposición constructiva», pero el rol es incómodo e impracticable: la agenda de Paz es también la suya (la liberalización económica), solo que el operador es excluyente —el poder no se comparte ni se transfiere—. Así, o se oponen a su propio proyecto, o son constructivos con un barco que se hunde, y en Bolivia nadie apoya sin obtener beneficios particulares.
Pero el verdadero termómetro de la gestión de Paz no es la consigna «Bolivia, Bolivia, Bolivia», sino «gasolina, gasolina, gasolina», como ya señalamos anteriormente. El abastecimiento regular de combustible depende de dólares para importar sin sobresaltos y de un ajuste de precios acorde al mercado internacional para generar rentabilidad. Sin embargo, el gobierno no genera las divisas necesarias porque concibe al Estado no como un gestor de ingresos, sino como un espectador pasivo del mercado. Su apuesta por la participación privada en la comercialización de combustibles sigue siendo un sueño irrealizable.
La contradicción final es lapidaria: en los hechos, el gobierno de Paz ha restaurado la subvención a los combustibles mediante los Decretos Supremos 5652 y 5667 (gasolina, diésel y GLP). Esto implica que no hay ganancia alguna. Paz había anunciado con bombo que cada día se ganaban 10 millones de dólares con el retiro del subsidio; ahora, por el contrario, todo son pérdidas y desazón, porque se hace en la práctica exactamente lo que se niega en la teoría y en las intenciones. Un trago amargo, tan amargo que Paz termina ahogándose en su propia saliva, víctima de la distancia abismal entre su discurso y sus actos.
6 de agosto de 2026

