Juventud que vota, política que no escucha

Nelson Martínez Espinoza

En las elección subnacional en Bolivia se repite una paradoja: la juventud participa masivamente en las urnas, pero su voz parece disolverse en el resultado. No se trata de apatía, es de representación.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), la población joven en el país supera los 2,6 millones de personas, constituyendo un bloque demográfico decisivo. A ello se suma que cerca del 40% al 44% del padrón electoral está compuesto por ciudadanos menores de 35 años (Fundación Construir). Si acotamos el rango entre 18 y 28 años, hablamos de uno de los segmentos más dinámicos del electorado, con un peso suficiente para inclinar resultados en cualquier nivel subnacional.

Y, sin embargo, ese poder no se traduce en una identificación clara con las candidaturas.

Las elecciones subnacionales —como las de 2021— mostraron niveles importantes de participación, incluso en contextos adversos como la pandemia. Pero las recientes elecciones evidenciaron otro fenómeno: un porcentaje relevante de votos blancos y nulos. En el caso de La Paz, estos superaron el  10% del total, en El Alto el voto nulo llegó al 23% más los votos en blanco sumaron 29% del electorado, una cifra superior al voto efectivo por los candidatos a municipio y gobernación. 

Este comportamiento no es casual. Es un síntoma de descontento, falta de información y nula identificación con los condidatos y sus propuestas.

Diversos análisis coinciden en que una parte importante del electorado —particularmente joven— enfrenta procesos electorales con candidatos que no conoce o que no logra diferenciar. La sensación de “elegir entre desconocidos” ha sido recurrente en Bolivia, especialmente en procesos donde la información sobre postulantes es escasa o poco accesible. Pero más allá del acceso a información, el problema es más profundo: una desconexión estructural entre la oferta política y las preocupaciones reales de la juventud.

Los jóvenes bolivianos no están desinteresados en la política. Por el contrario, participan, opinan, debaten y votan. Pero lo hacen muchas veces sin sentirse representados. Las campañas, dominadas por figuras tradicionales o discursos repetitivos, no logran interpelar sus agendas: medio ambiente, empleo digno, acceso a vivienda, educación de calidad o derechos digitales.

En ese vacío, el voto blanco y nulo deja de ser una anomalía y se convierte en una forma de expresión política. Es, en esencia, un mensaje: “ninguno me representa”.

Lo preocupante es que el sistema político parece no escuchar ese mensaje. Se interpreta el voto nulo como desinformación o el voto blanco como indiferencia, cuando en realidad es una forma de crítica activa.