La Paz: cultura y resiliencia de una ciudad en crisis

Isabel Navia Quiroga - Comunicadora y periodista

La Paz vive en estado de sobresalto. Abusos, enfrentamientos, protestas, bloqueos, vulneración de derechos, escasez de alimentos y una sensación constante de incertidumbre son parte de la experiencia cotidiana de una ciudad que, aun así, no se apaga, porque en medio de esa fragilidad estructural, el sector cultural y creativo continúa produciendo y resistiendo, pese al abandono histórico y a la falta de políticas sostenidas.

En ese contexto, resulta enriquecedor revisar experiencias como el programa Medellín Creativa, desarrollado en Medellín, Colombia, o el de Cuenca, en Ecuador, que apostó por la gastronomía y obtuvo reconocimiento como Ciudad Creativa de la UNESCO. Y más allá de los aciertos y limitaciones que hayan podido tener tales iniciativas, ambas demuestran que cuando una ciudad entiende que la cultura, más que entretenimiento circunstancial, es también economía, innovación y cohesión social, los resultados pueden transformar profundamente el ecosistema urbano.

Hasta hace poco, Medellín no era precisamente una ciudad que inspirase optimismo. Durante décadas estuvo marcada por la violencia, el narcotráfico y la desigualdad; sin embargo, comprendió que la creatividad podía convertirse en una herramienta de reconstrucción social y de desarrollo, dando lugar a iniciativas orientadas a fortalecer emprendimientos culturales, profesionalizar artistas y gestores, generar redes, abrir mercados y conectar la cultura con la tecnología, el turismo y la innovación.

Destaco que Medellín entendió algo que en Bolivia aún cuesta asumir: el artista es más que mera inspiración. Es un ser productivo que, como otros, requiere formación empresarial, acceso a financiamiento, asesorías legales, circulación, visibilidad y políticas públicas que reconozcan el valor económico de la creación.

En Bolivia persiste una mirada bastante precaria sobre el trabajo cultural. Se aplaude el talento, pero no se construyen condiciones para que ese talento pueda sostenerse en el tiempo. La mayoría de los proyectos culturales sobreviven gracias a la autogestión, al sacrificio personal y a una resiliencia admirable, pero agotadora. Aun así, el sector cultural paceño continúa generando actividades y proyectos de enorme valor.

Experiencias como Medellín Creativa muestran que es posible pensar la cultura como parte de una estrategia de ciudad. Es un modelo que el nuevo gobierno municipal podría revisar para comprender principios básicos: acompañamiento técnico, incubación de emprendimientos, articulación institucional, formación especializada y generación de datos sobre el impacto económico del sector.

Ese es otro problema central en La Paz y del país: nadie mide el movimiento económico de las industrias culturales y creativas. Carecemos de sistemas sólidos de información que permitan saber cuántos empleos generan, cuánto aportan a la economía local o qué sectores tienen mayor potencial de crecimiento. Y lo que no se mide, no se prioriza.

Mientras tanto, la cultura sigue funcionando como un amortiguador emocional y social de las crisis, pero también pagando los platos rotos de los sectores políticos. En una sociedad permanentemente tensionada, el arte crea comunidad, encuentro y sentido de pertenencia, y sostiene la salud mental colectiva mucho más de lo que solemos admitir. En tiempos de polarización, la cultura crea espacios donde todavía es posible convivir.

La Paz posee, además, una ventaja extraordinaria, su diversidad: una inmensa riqueza simbólica, mezcla entre tradición y contemporaneidad, entre identidad andina y cultura urbana; algo que podría convertirse en fortaleza económica si se comprendiese que, en contextos de crisis, apostar por la creatividad puede ser una de las formas más inteligentes de construir resiliencia económica y cohesión social.

La Paz ya tiene lo primordial: un gran sector creativo. Lo que falta es una visión de ciudad capaz de entender que el futuro y el reencuentro también pueden construirse desde el arte.