Juana A. Maturano Trigo - Comunicadora Social y abogada
“El asunto es conseguir votos, no importa cómo, pero hay que conseguir votos porque con votos se gana una elección. Si la gente pide firmar compromisos, hay que hacerlo para asegurar el apoyo y no importa si después no se cumplen” decía el candidato a sus colaboradores. En ese propósito, ésta época de campaña esta llena de discursos improvisados, desproporcionados, pero sobre todo está copado de insultos y descréditos a sus similares, tal como decía un analista político: “los candidatos de hoy no ganan elecciones con sus méritos sino por los deméritos de sus adversarios”. Y finalmente está la prebenda disfrazada de necesidad que va y viene; una modalidad bien aprovechada por candidaturas o frentes políticos que hacen gala de grandes recursos económicos que van desde regalos personales de todo tipo hasta la provisión de maquinaria pesada para limpiar calles o caminos.
Según Platón, “la política es el arte de gobernar a los hombres con su consentimiento” para ello, las y los candidatos deben convencer a sus ciudadanos a ser mejores personas, siendo ésa la misión de todo buen ciudadano. Por su parte, Aristóteles afirma que la política es participar y contribuir al bien común; mientras que para Maquiavelo, es una disputa de poder para obtener el control sobre los individuos y recursos desde las instituciones, por lo que, “el fin justifica los medios”. En ese contexto, parece ser que lo razonado por estos grandes pensadores ya en siglos pasados se mantiene vigente en la actualidad, dado que, la política en esta etapa previa a la asunción al poder, utiliza diferentes mecanismos y estrategias para convencer a los ciudadanos a otorgarles su voto y con él, delegar su representación y poder para administrar el estado.
En ese propósito de lograr apoyos ciudadanos, las campañas electorales no necesariamente se realizan haciendo conocer las propuesta de gobierno sino con otras estrategias tal como lo estamos viendo en estos tiempos; ya que, los aspirantes a una silla gubernamental no se centran en hacer conocer las estrategias de administración del poder público, las soluciones a las necesidades de la población o las proyecciones de crecimiento y desarrollo de un país, un departamento o un municipio, para contribuir al bien común como diría Aristóteles, o hacer de los ciudadanos mejores personas (Platón) porque la política es el arte de gobernar; sino se ocupan en llamar la atención a través de la protesta que no es otra cosa que los ataques a sus adversarios. En ese orden de cosas, se advierte que antes que las propuestas prima el populismo, el descrédito al adversario, los obsequios de todo tipo, incluso trabajos como si ya estuvieran ya en funciones o la aparición en redes sociales en roles como la cocina o algún tipo de servicio que para el momento político decidieron realizar; así todos estos actos, ya colocan de por sí en el último puesto la presentación o difusión de las propuestas de gobierno sea departamental o municipal. A ello hay que sumarle que esas propuestas no desprenden de planes de desarrollo, de líneas de base o al menos un diagnóstico mínimamente elaborado, sino responden a lo que a “ojo de buen cubero”, las o los candidatos creen que debe ser, a partir de su experiencia personal, profesional o aspiración “personal o empírica”.
De otro lado, no existe una instancia seria que evalúe, observe o finalmente exija el cumplimiento de esas propuestas electorales; por lo que, éstas acaban siendo documentos que recogen lo que la población quiere oír y que para el propósito sirve. En ese contexto, creer en las propuestas políticas acaba siendo apenas una ilusión porque las propuestas viables, útiles y realizables que busquen el bien común, tendrían que ser elaboradas técnicamente y basadas no solo en líneas base de información primaria sino también enmarcadas en los planes de desarrollo nacional, departamental y municipal que se encuentran en vigencia; ya que, cuando un gobierno asume la conducción del estado, deberá darle continuidad en el desarrollo de la mayoría de los proyectos en curso, reconducir o eliminar otros; no siendo razonable intentar implementar un plan de gobierno que no esté enmarcado en los planes de desarrollo de un país proyectado a corto, mediano y largo plazo. Consiguientemente, un plan de gobierno de propuesta electoral solo sería viable si responde a éstos cánones mínimos de correspondencia a los planes, proyectos y programas en vigencia, debido a que, una propuesta aislada que no encaja ni coadyuva al progreso de una región, se hace materialmente inviable.
Ante este panorama, ¿qué le puede esperar al electorado y a la ciudadanía respecto a la viabilidad y eficacia operativa de las propuestas electorales?, más aún, cuando no existe una forma de exigir el cumplimiento de dichas promesas electorales?. En consecuencia y siendo la política el arte de gobernar para el bienestar de toda una comunidad, sería interesante pensar en la existencia y su consecuente activación de mecanismos de exigibilidad de los programas de gobierno propuestos por las y los candidatos ganadores de la contienda electoral, para que una vez asuman el cargo, cumplan lo propuesto y garanticen a la ciudadanía un futuro certero del bien común, cosa que no acabe solamente con el beneficio del cargo y el poder a los gobernantes sino también a los gobernados de este país y en sus diferentes entidades territoriales autónomas.
Entonces, como soñar no cuesta nada, pero además los sueños también pueden hacerse realidad como tantos avances normativos y sociales que surgieron como simples o grandes sueños; la democracia no debiera reducirse a la simple concurrencia al sufragio y otorgar ese poder ilimitado a los gobernantes para que una vez asumen el poder, se transformen en seres irreconocibles y totalmente diferentes de cuando solicitaban el voto ciudadano. Estos mecanismos de exigibilidad de cumplimiento de programas de gobierno, incluso debiera ser evaluable en el tiempo razonable que determine su continuidad o no en funciones de cada autoridad. Si bien existe el revocatorio de mandato, éste tiene requisitos y procedimientos formales prácticamente imposibles de alcanzar, mismo que recae en la propia ciudadanía que no necesariamente cuenta con los medios necesarios para dicho trámite. En consecuencia, la credibilidad de la política y los políticos, pasa por la seriedad y responsabilidad para con la ciudadanía. Urge se recobre la credibilidad y se imponga una nueva forma de hacer política para que las elecciones se ganen con propuestas y éstas dejen de ser un saludo a la bandera.
