Edwin Cacho Herrera Salinas - periodista y analista
Lo concreto, al despuntar noviembre de 2026, es que el domingo 8 el país no se escuchará de labios del presidente Rodrigo Paz una evaluación pormenorizada del primero de cinco años de mandato constitucional. Este es un gobierno que decide, repite últimamente el mandatario. Pues bien, decidió anteponer su viaje a Europa en lugar de decirle a los bolivianos y bolivianas cuánto se avanzó para superar la crisis de los mil rostros, esa que tiene agobiados a todos y hace prever un 2027 aún más complicado por el “ajuste”.
Haber subido de 1 a 14 los informes no solucionan la falta de agallas. Un informe escrito, otros 12 aún sin formato definido —uno por cada ministerio— y al final el que debería ser presentado de cara al país, en la fecha en que el presidente inició la conducción del Estado, terminará diluido en el “sobreinformismo”, en el premeditado exceso.
En fin, es la decisión asumida por el Ejecutivo, una decisión que aumentará la desilusión de quienes apostaron por la salida democrática el año pasado, por aguantar el desgobierno de Luis Arce y su pandilla con el calendario en la mano para inaugurar un tiempo nuevo el 8 de noviembre de 2025. Un año después, sobre la mesa del debate nacional no está cuánto se avanzó en la ruta crítica, sino el preocupante grado de pusilanimidad política.
Durante un año se han evitado las reformas económicas y políticas estructurales —necesarias pero impopulares— para no generar descontento entre los sectores, dejando que los problemas crezcan hasta convertirse en crisis. Aún no encuentro una explicación para entender cómo habiendo una clara predisposición social, se optó por el gradualismo o cómo los anuncios de una cumbre política, la conformación de una comisión especial para la reforma de la Constitución y el envío de diez leyes de transformación estructural han quedado hasta ahora en nada.
Puede ser el “mesianismo presidencial” que sustenta Germán Gutiérrez Gantier, esa manía política de creerse el elegido por los dioses del Olimpo para resolver los problemas a tu manera, con tus energías, en tus tiempos y con todos esperando el destello.
Desde mi perspectiva es la pusilanimidad política, esa incapacidad crónica para ejercer la autoridad del Estado y tomar decisiones firmes para resolver las crisis que se van acumulando, entre ellas la que está horadando la confianza de la gente con los escándalos de corrupción en modo audio. Es inaceptable que el costo de la supervivencia política de un gobierno sea la parálisis progresiva en lo económico-productivo, la falta de norte para el conjunto el país y la idea que está brotando de que el pasado ha sido mejor que el presente.
Como van las cosas, creo que el informe número 14 no debería ser para repetir los datos que estarán expresados en el escrito y en los sectoriales. Debería ser el dispositivo institucional, sobre todo el momento político para comunicar y ejecutar un verdadero relanzamiento del gobierno de Paz Pereira. Aún quedan cuatro años para que entregue los símbolos presidenciales, cuatro años para sentar sólidamente las bases de un nuevo ciclo y darle sentido a la transición.
Por su puesto que el relanzamiento pasa por la reconfiguración a fondo del gabinete ministerial, deshilachado y con falta de espíritu de equipo; pero también supone la eliminación de instancias informales de suprapoder que piensan más en el enriquecimiento de unos cuantos en lugar del bienestar de todos; el cambio de rumbo en las políticas públicas relacionadas con la economía, la producción, las crisis energética y judicial, el relacionamiento real con el mundo y, sobre todo, la urgente reforma constitucional.
Si en los cálculos del presidente y del Ejecutivo está que la ráfaga de informes y el pasar de los días en el calendario aplacarán la desilusión que tiende a convertirse en indignación, entonces volverán a mostrarle al país que la decisión es la pusilanimidad política. No es la prudencia o, en su caso, la audacia para dar saltos hacia un horizonte diferente. Menos la empatía, el ponerse en la situación de millones que viven con incertidumbre todos los días. A no dudarlo, este es un gobierno que decide.

