Alvaro Ariel Machicado Villca
A medida que uno crece se ve enfrentado a tomar decisiones, a elegir este camino o el otro. Y mientras más aprendemos y más nos formamos no se nos abren puertas, como se suele pensar, sino por el contrario, se nos cierran. Cuando uno es niño un día sueña ser paleontólogo, otro día médico, y la próxima semana, o quien sabe, quizá esa misma noche, astronauta, científico o bombero. Las posibilidades no tienen límites. No obstante, algo distinto sucede cuando es hora de elegir una carrera. Es una elección vital, lo que se supone que va a determinar el curso de nuestras vidas. Entonces se nos exige ser prácticos y realistas. El problema está en que si elegimos un camino, automáticamente desaparece la posibilidad de explorar los otros. Y esto no es todo. Mientras más nos adentramos en el área de nuestra elección descubrimos que hay especialidades, y dentro de ellas subespecialidades, y más aun, si uno desea avanzar académicamente se topa con que hay temas que requieren toda una vida de estudio. Al final uno llega a enmarcarse en un trozo microscópico del cuadro del mundo y se distancia de la contemplación de un panorama general. O uno se acostumbra a hacer un movimiento con experticia a costa de no saber ningún otro: ser un experto en algo y al mismo tiempo ser un analfabeto en todo.
Esto nos remite a una de las nociones del filósofo y economista escoces Adam Smith, asociado con el capitalismo en general y el liberalismo clásico en particular: a saber, la especialización. Smith, hace aproximadamente algo más de 3 siglos, en La riqueza de las naciones, planteó que una nación es tanto más prospera y rica cuanto más es capaz de dividir y subdividir el trabajo. Si lo planteamos de otra manera, la riqueza en un país no está dada, no se trata de un pastel o un botín que haya repartir igual o desigualmente, sino de algo que se crea o se produce. La fuente de la riqueza es el trabajo, y la efectividad de este depende de la forma de estructurarlo. Siguiendo el ejemplo ilustrativo de la fabricación de alfileres, no es lo mismo que una persona desempeñe todas las tareas en las fases de fabricación de un alfiler, a que muchas personas (20 o 30) se dediquen exclusivamente a la realización de una o dos operaciones en este proceso. La diferencia está en que mientras la primera produce, con suerte, 20 alfileres al día, las últimas son capaces de producir hasta 48000 en el mismo tiempo. “Un hombre estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo corta, un cuarto lo afila, y un quinto embota la punta para encajar la cabeza […]” (Smith, 1994: p. 5).
Esta lógica de la productividad no se queda en las fábricas o manufacturas, sino que trasciende a todos los ámbitos de la sociedad, incluidas las artes y la producción del conocimiento. En la producción del saber, la hiperespecialización ha acentuado la fragmentación entre disciplinas, debilitando los canales de comunicación y comprensión mutua. Cada campo desarrolla su propio lenguaje y criterios, volviéndose cada vez más cerrado, incluso para quienes se dedican a divulgar conocimiento. Así, no es extraño que especialistas incursionen en áreas ajenas sin el rigor necesario: psicólogos o ingenieros opinando sobre política, o politólogos y sociólogos sobre biología o ciencia en general, sin estar actualizados sobre los temas o sin tener una comprensión adecuada de ellos. Los debates actuales de carácter global como el cambio climático, el feminismo, la desigualdad, y demás, requieren un abordaje interdisciplinario y una comprensión un tanto mas global de las cosas. No se puede abordarlos desde una sola disciplina o en el marco de una sola teoría. El proceder de esta manera conduce a reduccionismos biológicos o sociológicos, a conclusiones sesgadas, y a desinformación deliberada. Hoy en día, pese estar en la era de la información, continúan esgrimiéndose en los medios masivos de comunicación argumentos, sobre determinadas problemáticas, que ignoran sistemáticamente los avances de áreas vecinas. Nos referimos especialmente a los especialistas de las áreas de las ciencias sociales que no siempre están al tanto de las investigaciones en ciencias naturales. El problema no es solo la incursión (hablar de otros de campos), sino la ilusión de competencia que la acompaña.
Bibliografía
Smith, A. (1994). La riqueza de las naciones. Alianza Editorial S.A. Madrid
