Sin linderos, por tierra y por aire: Huele el monstruo de la contaminación
Mercedes Fernández
Sus ojos se hacían agua al explicar que debía escoger entre la vida del loro o el maíz para sus hijos. ¿Por qué tengo que elegir?, preguntó el nativo chiquitano, sin levantar la vista del suelo. “La tierra es territorio y el territorio es vida. El loro, yo y mi maíz vivíamos en paz”, sollozó.
Las palabras temblaban en su boca. No era solo un lamento; era un diagnóstico preciso de un desajuste profundo. El aroma a tierra quemada y a químicos todavía rondaba el ambiente, un olor que no existía antes, cuando la humedad era el perfume del monte.

