TESTIMONIO DESDE PARCOPATA
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Miriam, entre el cáncer, la fe y el sueño de ver a su hijo convertirse en profesional 

Miriam en entrevista con ERBOL.

En Parcopata, una zona alejada de El Alto, el frío se instala temprano. Miriam ha alquilado un cuarto pequeño en un terreno próximo al Centro de Medicina Nuclear. Allí pasa sus días junto a su hijo menor, quien dejó el trabajo y la universidad para acompañarla durante el tratamiento contra el cáncer de tiroides.

Esa mañana, Miriam salió a sentarse bajo el sol para conversar con ERBOL. Necesitaba un poco de calor y fuerzas para continuar el día. Su voz es débil, pero habla con serenidad. “Me siento bien, agradecida por la entrevista, tomando un poquito de sol para tomar un poco más de fuerzas para continuar el día y lo que viene de la noche”, dice.

Acaba de recibir una sesión de radioterapia. Para ella, cada jornada que termina es también un día más que ha logrado atravesar. “Estoy muy agradecida con Dios por este día y por todo”, añade. Su fe aparece una y otra vez en sus palabras, como una forma de sostenerse mientras intenta recuperar la salud.

El diagnóstico llegó después de una cirugía. El año pasado, Miriam fue operada de un tumor en el cuello. Según cuenta, después debía recibir un tratamiento complementario, pero no ocurrió. Con el tiempo, los dolores regresaron y descubrió que el cáncer había afectado su tiroides. “Fue terrible para mí. No pensé que yo iba a tener cáncer”, recuerda. Todavía está asimilando lo que significa vivir con la enfermedad.

En medio de ese cambio, lo primero que pensó fue en su hijo menor. Él estaba cerca de terminar su carrera profesional, pero tuvo que dejar la universidad y el trabajo para cuidarla. Miriam lo cuenta con los ojos llenos de lágrimas. Ha sido madre sola y siente que buena parte de su vida estuvo dedicada a sacarlo adelante. Ahora, su deseo más grande es verlo graduarse. “Quiero curarme para verlo realizarse como profesional y luego ya que venga lo que venga para mí”, expresa.

En el cuarto de Parcopata, las noches también tienen sus propios silencios. Mientras su hijo duerme, Miriam a veces permanece despierta hasta las tres o cuatro de la mañana. En esas horas dice sentir la presencia de Dios, como un abrazo o algo que la protege. “Siento algo caliente, lo siento frío y sé que Dios es el que está conmigo”, cuenta. Para ella, esa presencia es una certeza que la acompaña en medio de la oscuridad. 

Antes de recibir su diagnóstico, Miriam solía animar a otras pacientes en la sala de oncología. Conversaba con ellas, compartía momentos de alegría y procuraba que las despedidas fueran más llevaderas. Ahora, mientras atraviesa su propio tratamiento, conserva el deseo de volver a encontrarse con sus compañeras. También ha aprendido a mirar de otra manera el tiempo, la salud y las cosas que dejó pendientes.

Entre esas pendientes está la carrera profesional que no pudo terminar. Quería estudiar Comunicación, pero las decisiones familiares la llevaron a estudiar idiomas. Hoy piensa que le habría gustado concluir sus estudios y ofrecerles a sus padres algo más. Por eso les pide perdón, igual que a sus hijos, por aquello que considera que pudo haber hecho mejor. No habla desde el rencor, sino desde la necesidad de estar tranquila y seguir adelante.

Miriam sabe que el miedo a la muerte no desapareció por completo, pero dice que el tratamiento le devolvió valor. Todavía espera recuperarse, volver a compartir con sus compañeras y ver a su hijo cumplir sus sueños. Si pudiera elegir una mano para sostener en su último instante, no lo duda: la de él. “Yo le pido a Dios que haga lo posible para que él esté conmigo”, confiesa.
Afuera, el sol sigue calentando apenas el frío de Parcopata. Miriam tiene todavía un día más por vivir. ///kmg

@ErbolDigital

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