Manuel Rojas Boyan
La cercanía de lo que hoy llamamos, casi de manera automática, carnaval, debería invitarnos no solo a la celebración, sino también a una reflexión histórica y cultural profunda. Más allá del ruido, el consumo y la espectacularización, esta fecha exige una revisión crítica que permita distinguir entre cultura viva y folklorización mercantil, entre memoria ancestral y herencia colonial.
Para los pueblos de raíces andinas, esta no es una festividad menor ni una copia local de una tradición europea. Es, por el contrario, una de las celebraciones más importantes del calendario ancestral: el Anata, una expresión espiritual y comunitaria que responde a otra lógica, a otro tiempo y a otra relación con la naturaleza.
El llamado “carnaval” tiene un origen europeo claramente identificado. Según la tradición cristiana medieval, se trata de un periodo previo a la cuaresma, marcado por disfraces, fiestas callejeras y permisividad social. En su contexto original, funcionaba como una válvula de escape colectiva: tres días de exceso antes de cuarenta de abstinencia, en sociedades atravesadas por el hambre, la miseria y el rigor del invierno.
El Anata, en cambio, nace en el hemisferio sur, en un escenario opuesto. Se celebra en pleno verano andino, durante el Jallu Pacha, el tiempo de las lluvias y de la abundancia agrícola. No surge del agotamiento ni de la carencia, sino del agradecimiento por la vida, la producción y la continuidad de la comunidad.
En el Tawantinsuyo, la festividad estaba profundamente ligada a la espiritualidad andina y a la comunicación con los manes protectores: la Pachamama, los Achachilas, el Wary. Era —y sigue siendo— un acto colectivo de reciprocidad y redistribución, sostenido en principios fundamentales de la cosmovisión andina, donde acumular es sinónimo de ruptura y compartir es garantía de vida.
Sin embargo, el proceso colonial y luego republicano promovió una operación cultural deliberada: fusionar y subordinar la festividad originaria bajo la etiqueta del carnaval europeo. Este desplazamiento simbólico no fue inocente. Buscó despojar al Anata de su profundidad espiritual y resignificarlo desde parámetros ajenos.
El caso del Carnaval de Oruro es emblemático. Si bien la UNESCO lo reconoció como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por su raíz ancestral uru, la narrativa dominante impuso una lectura cristiana. La mitología del Wary —divinidad de las aguas— fue sustituida por la figura del diablo, y su vínculo con la Taruka (venado) quedó relegado. Así, la Diablada, una de las danzas más complejas y bellas del mundo, fue rebautizada desde una interpretación colonial que calificó de “maligno” lo que no comprendía.
Esta confusión persiste hasta hoy y no es inocua. Reduce expresiones espirituales profundas, como la ch’alla del Anata, a simples rituales de consumo y exceso alcohólico. Incluso celebraciones urbanas como el Jiska Anata paceño continúan siendo inscritas, de manera errónea, en el molde del carnaval europeo.
Recuperar el sentido del Anata no implica rechazar la fiesta ni negar la diversidad cultural contemporánea. Implica, más bien, restituir la memoria histórica, reconocer el derecho de los pueblos a nombrar y vivir sus propias celebraciones desde su raíz. En tiempos de neocolonización simbólica, descolonizar la Festividad Mayor no es un gesto romántico: es un acto de justicia cultural.
