Sandra Verduguez
Estamos a tres semanas de volver a votar. Otra vez. Y esto, que debería sonar como un ejercicio democrático, hoy pesa. Pesa porque no es la primera, ni la segunda, ni siquiera la tercera vez que la ciudadanía acude a las urnas en tan poco tiempo. Desde 2024, con las elecciones judiciales, hemos atravesado un ciclo continuo de votaciones que nos ha ido desgastando. Esta será, para muchos, la quinta vez que se nos pide emitir un voto “responsable”. Y la pregunta que flota, aunque pocos la digan en voz alta, es ¿en qué condiciones estamos llegando a esta segunda vuelta?
No se trata solo de cansancio físico. Es una fatiga más profunda. Una fatiga que se siente en las conversaciones cotidianas, en el desinterés creciente, en la dificultad de distinguir entre tantas opciones, en la sensación de que votar ya no cambia mucho o, peor aún, que no cambia nada. A esto se suma el agotamiento de los jurados electorales, que han sido convocados una y otra vez, muchas veces sin el reconocimiento ni las condiciones adecuadas para cumplir su rol. También está el desgaste de un sistema que exige participación constante, pero que no siempre devuelve lo que esperamos.
Y el contexto no ayuda. Llegamos a esta segunda vuelta en medio de una situación económica difícil, de tensiones sociales que no terminan de resolverse y de una institucionalidad que sigue siendo cuestionada. La confianza en las instituciones, particularmente en el Órgano Electoral Plurinacional, no atraviesa su mejor momento. Y eso es grave, porque en democracia no basta con que los procesos sean técnicamente correctos, también deben ser creíbles.
El reciente conflicto (¿?) entre el Tribunal Supremo Electoral y el Tribunal Electoral Departamental de Santa Cruz por la inhabilitación de dos organizaciones políticas y la de un candidato, no hace más que profundizar esa sensación de incertidumbre. Para la ciudadanía, estos desacuerdos podrían entenderse como intentos de manipulación política, como señales de desorden, de falta de coordinación o de reglas que pueden acomodarse en el camino. Y cuando las reglas parecen inestables, desconfiamos más.
A eso se suma el error en la distribución de papeletas en San Ignacio de Velasco y la desconfianza en el padrón de los electores de Exaltacion en Beni. Si bien ya se ha decidido que la votación se repetirá en 97 mesas en el primer caso, aún permanece la decisión de que la votación en Exaltación no correrá la misma suerte. Y esto pone en evidencia que los conflictos locales deben resolverse de forma transparente y responsable -cuidando además de no afectar el derecho al voto de los electores- para que no escalen y afecten la percepción general del proceso. Aunque parecían, ya no son hechos aislados porque son parte de la elección subnacional realizada bajo un sistema electoral que a gritos necesita reformarse.
En este escenario, la segunda vuelta para gobernaciones no es una elección más. Es un momento en el que se definirá la correlación de fuerzas en los territorios, en un contexto donde los actores deben tener la capacidad de dialogar y de concertar para lograr acuerdos y una mínima base de confianza para gobernar.
Por eso, aunque el cansancio sea real —y lo es—, la decisión que tomemos en tres semanas importa. Importa porque no solo elegiremos autoridades, sino también el tipo de relación que queremos entre ciudadanía, instituciones y poder político. Importa porque, en un escenario fragmentado, cada voto se vuelve más importante.
Tal vez no llegamos en las mejores condiciones. Tal vez estamos cansados, desconfiados y, en algunos casos, desencantados. Pero la democracia no suele darse en condiciones ideales. Se construye, muchas veces, en medio de preocupaciones, dudas y fatiga.
Y ahí es donde vuelve a aparecer la responsabilidad individual. No como un eslogan vacío, sino como una decisión concreta que nos obliga a informarnos, evaluar y votar con criterio propio. No porque el sistema sea perfecto, sino justamente porque no lo es. Porque, al final, incluso en medio del desgaste, las elecciones siguen siendo uno de los pocos espacios que nos ayuda a resolver conflictos y a incidir directamente en el rumbo de lo público.
