Martin Diaz Meave
Hace algunas semanas, el mundo se puso a hablar de Bolivia. En este caso, el tema era grato, gratísimo (o se puede decir, gatísimo): el descubrimiento de una nueva especie de felino. En pocas horas, el Leopardus Tilcayo se apoderó de la conversación, no solo de Bolivia, sino de toda la internet. Un gato que se había separado de otras especies de felinos hace 1,4 millones de años vivía y retozaba en los Yungas, y gracias al trabajo de una bióloga boliviana y su equipo, se lo había podido identificar adecuadamente.
Ahora bien, lo interesante de esta conversación es que se generó plenamente en la Internet. De hecho, se reprodujo con tal rapidez, que la noticia que salió en algunos medios de comunicación tradicionales no fue el descubrimiento del felino propiamente dicho, sino la explosión viral del hecho en la esfera digital. Básicamente, la reproducción y amplificación del hecho en las redes sociales fue la que llamó la atención de varios periodistas, antes de reportar el hallazgo como tal.
Este ejemplo sirve para ilustrar el concepto de lo que hoy llamamos la agenda pública digital. La entendemos como un conjunto dinámico de asuntos de interés público que adquieren relevancia relativa en la conversación desarrollada en plataformas digitales, mediante procesos de selección, tematización, circulación y amplificación en los que participan ciudadanos, medios de comunicación, actores políticos e instituciones. Su configuración resulta de las interacciones entre estos actores y de las condiciones de visibilidad establecidas por las plataformas. Esta agenda se articula con las agendas mediática e institucional y constituye una dimensión observable de la discusión pública, sin equivaler necesariamente a las prioridades del conjunto de la población ni a una medición directa de la opinión pública.
Este fenómeno no afecta al concepto clásico de la opinión pública, que conocemos a través de Habermas: un espacio que se forma mediante la discusión pública de asuntos de interés general, que nos permite comunicar contenidos y tomar posición ante el poder. Walter Lippmann definía a la opinión pública con el concepto de “pseudoambiente”, una capa que se interpone entre el ser humano y el mundo. No obstante llegar los estímulos desde dicha representación, las consecuencias de su conducta se producen en el mundo real.
Para comprender la esfera digital, sirve entender el concepto de autocomunicación de masas de Manuel Castells: una forma de comunicación cuyo contenido es generado por los participantes, cuya emisión es autodirigida y cuya recepción es seleccionada por los usuarios, con alcance potencialmente global. Este proceso se articula con la comunicación de los medios y con las intervenciones de actores políticos e instituciones, que también utilizan las redes para disputar visibilidad y orientar la interpretación de los acontecimientos. Los medios masivos, que antes eran los que dictaban agenda, hoy en día son cuestionados en la nueva plataforma de las redes. Pero no solo eso, entran en competencia con los contenidos que generan los usuarios y los significados de sus mensajes son puestos en entredicho. Hoy en día, el conocimiento humano es ampliamente accesible a través de la internet; la inmensa cantidad de información al alcance de un grueso de personas con posibilidades de acceder a ella hace que “la verdad” inobjetable que antes comunicaban los medios sea cuestionada. A la vez, paradójicamente, hace falta también una forma de lectura crítica de las redes sociales. Castells aclara que “la mayor parte de las personas no leen los periódicos ni ven la televisión para informarse, sino para confirmar lo que ya piensan. Como cada vez hay más polarización cultural, ideológica y política en todos los países, el papel del medio profesional del centro se va rompiendo”.
De esa manera es que se configura lo que hoy podemos conocer como agenda pública digital: estableciendo paralelismos entre los temas que se trata en la esfera digital, propuestos por los ciudadanos activos en la red, y los tópicos que por su interés logran mediar las instituciones y los medios de prensa. La interrelación de estas esferas le da una nueva dinámica de formación a lo que conocemos como opinión pública.

