Opinion
¿EL MEJOR ESTADISTA?
Los otros caminos
Iván Castro Aruzamen
Lunes, 1 Agosto, 2016 - 19:05

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Desde 1825 hasta nuestros días, nuestra vida republicana estuvo marcada por traiciones y conspiraciones de todo tipo; no hemos tenido los bolivianos un solo presidente que haya podido ocupar toda nuestra imaginación en una u otra generación como algo concreto y plausible. Creo que esta anomalía en la conducción del Estado ha marcado profundamente mi generación y, seguramente, las venideras. Pasaron presidentes y presidentes desde la fundación de la república, sin pena ni gloria –incluidos Simón Bolívar y José Antonio de Sucre-; ningún presidente pudo mostrar algo de sentimientos humanos genuinos o aunque sea un incipiente idealismo social, un amor a la vida en cualquiera de sus manifestaciones. Las desmembraciones que sufrió nuestro territorio, amén de las causas externas, se debieron  a la nula visión demostrada por los mandatarios de turno, sometidos a intereses personales detestables. Por esa razón, la vida política del país ha sido un constante tira y afloja entre dos extremos sombríos: los buenos y los malos o el liberalismo y conservadurismo, o entre quienes podían sacar la mejor carnada del momento histórico y quienes ya tenían asegurado su botín. Estos extremos fueron, claramente,  la muestra de épocas oscuras y debilidad de superación. Por tanto, no hubo ni habrá en muchas generaciones un estadista sobre el que no se ciernan nubes negras de hechos y delitos que han sido la impronta presidencial en este país. Quizá, el aislamiento geográfico y político tiene mucho que ver en esta manera de ser presidente. ¿Hubo algún presidente que se preocupara por la justicia social y las igualdades económicas? Ninguno. Una característica de todos los gobiernos en más de 190 años de vida, ha sido sin duda, las disputas, renuncias, intrigas palaciegas, golpes, guerra entre individuos y facciones, partidos y defensores de este u otro caudillo.

Hoy, existen quienes parlotean y propagandean, con tintes melodramáticos y de realismo mágico, que Evo Morales es el mejor presidente de todos los tiempos, el mejor estadista. Y no sólo en las últimas décadas sino en los últimos 150 años. Una percepción particular es que el actual presidente es el peor de todos los que se sentaron en la silla presidencial. Si alguno me preguntara por qué. Mi respuesta sería como sigue: Evo Morales en medio del hirviente caos cocinado por el neoliberalismo de los años 90, emergió ante las masas como el Peter Pan de la nueva política o la “New Deal” boliviana. Desde el inicio de su mandato nunca fue un hombre apuesto ni encantador, mucho menos un tipo alegre, peor inteligente y escasamente agradable y ni pensar en un político audaz. Sin duda, el dirigente cocalero que era antes de ser presidente, en estos 10 años, más que los aciertos lo han estrangulado las debilidades, que van desde las mujeres jóvenes hasta las gulas por el lujo, el despilfarro y abuso de poder descarado. Traicionando abiertamente a su clase. A pesar de que se le asocia a lecturas de libros de cuño indigenista y marxista, no ha dejado de ser un ignorante sin escrúpulos, que no dudó en jugar con la vida y carrera de muchos individuos a quiénes les ha truncado todo un proyecto de vida, sobre la base de acusaciones falsas y temerarias, hasta llegar a persecuciones crueles. Evo Morales, se rodeó de aventureros, hábiles e intrigantes oportunistas; no ha tenido reparos en hacer promesas contradictorias ante grupos locales y extranjeros. Subió al poder con la aureola de ser para los pobres y los desposeídos, una especie de semidiós benévolo capaz de eliminar de un plumazo la miseria y el hambre. Nada. Se erigió –o lo erigieron– como un dios incaico incauto que terminó por llevar a los pobres por un valle de lágrimas. Morales por eso mismo, pertenece a esa estirpe de políticos que centran todo su accionar a partir de un principio único y visión fanática, por ejemplo su tres antis, lo que le ha hecho vivir preso de sus sueños y no le ha permitido comprender a las personas ni los sucesos del mundo actual. Gracias al recurso y concentración del poder y la brusquedad, el presidente, ha pasado por alto muchos sucesos de su alrededor; esta ceguera le ha llevado a falsear los acontecimientos. De este modo la fuerza del caudillo ejerce una gran influencia en sectores inseguros y proclives a encontrar alivio y paz en el puño del jefazo, quien aparece ante sus ojos como un gigante de proporciones sobrehumanas. Así, este caudillo obliga a sus seguidores a decidir entre dos extremos, los buenos y los malos o entre capitalistas y socialistas. De esta ralea de estadistas los ha habido desde los más bonachones hasta los peores malhechores. Nuestro país necesita, no un estadista de estas proporciones, sino uno sencillo y que sea antipolítico y capaz de una sensibilidad centrífuga para poder captar los hechos cambiantes del entorno, local y mundial, para poder integrar a los ciudadanos en las corrientes evanescentes o inasibles de un mundo cada vez más atroz.