La hija cóndor

Isabel Navia Quiroga - Comunicadora y periodista

En la casa de mi infancia abundaban las verduras recién cosechadas, las gallinas y algunos pavos que los campesinos traían como agradecimiento a mi padre, un médico de la vieja escuela que ejercía su profesión con un inusual sentido del servicio y de amor al prójimo. Era un católico que no iba a misa, pero practicaba lo de ser buen cristiano sin pregonarlo. Lector empedernido, melómano y ermitaño, nunca usó un teléfono celular o una computadora, y mientras mi madre le reclamaba por la falta de dinero y por no tener un consultorio privado, él dedicaba horas a auscultar y escuchar a quienes le confiaban su salud. No solamente hacía un examen físico, conversaba con paciencia, respeto y una calidez que hoy parece ser de un tiempo muy lejano.

Por eso, al ver La Hija Cóndor, la recién estrenada película de Alvaro Olmos, volví a sentir las sensaciones de una infancia de ciudad chica en la que mi abuela hacía sus lociones faciales con huevo, leche y miel mientras conversaba en quechua con la misma naturalidad con la que hablaba español, aunque no transmitió esa lengua ni a sus hijos ni a sus nietos. En esos años no se apreciaba tener una abuela bilingüe, como tampoco se valoraba en muchos espacios la sabiduría de las parteras indígenas, mujeres que durante generaciones han acompañado nacimientos en comunidades abandonadas por los sistemas oficiales de salud.

La película transita esos espacios, de brechas culturales y sus tensiones, sin recurrir a efectismos, pero reflejando con solvencia los dilemas de las protagonistas y la comunidad. La historia narra el desencuentro entre Ana y Clara, dos mujeres unidas por el afecto, y separadas por visiones distintas del mundo. Ana encarna el conocimiento heredado, la práctica ancestral de la partería y la responsabilidad comunitaria. Clara, en cambio, vive el despertar de la curiosidad y el deseo por lo desconocido; quiere saber qué hay más allá de las imponentes montañas que rodean su existencia. Su sensibilidad musical, como grieta luminosa, surca el orden comunitario, empujándola hacia la posibilidad de un destino diferente.

Uno de los mayores aciertos de La Hija Cóndor es evitar las simplificaciones, no hay héroes, villanos o caricaturas folklóricas. La tradición no aparece como una prisión absoluta ni la modernidad como una salvación automática. La película entiende que el conflicto entre arraigo y libertad es mucho más complejo, y construye un mensaje universal narrado íntegramente en quechua. Clara quiere descubrir quién puede ser fuera de sus raíces y Ana, aun desde el dolor, comprende que amar también es dejar partir.

El filme retrata la cultura local desde dentro, sin exotismos complacientes y sin paternalismo. Los rituales, los cantos y las relaciones familiares se integran orgánicamente en la narración, otorgándole una enorme honestidad emocional.

La fotografía es notable, las montañas, el viento y los silencios funcionan casi como personajes que acompañan el mundo interior de Clara. Y la música —ligada al dolor, la memoria y el deseo— actúa como puente entre el mundo que la sostiene y el mundo que la llama.

Es de agradecer el ritmo contemplativo que propone Olmos. En tiempos de imágenes rápidas y exceso de melodrama, La Hija Cóndor apuesta por observar serenamente. Sus planos largos y silenciosos permiten sentir el peso de la distancia, del desarraigo y de las disyuntivas sin manipular al espectador; confía en la fuerza de sus personajes y de sus paisajes.

La Hija Cóndor es una película que puede tocar fibras muy íntimas para quien se lo permita, aunque duela un poco. Mientras la veía pensé en mi padre escuchando a sus pacientes, en mi madre tejiéndonos chompas y en todas esas formas de conocimiento y humanidad que tantas veces han sido consideradas menores o invisibles. La Hija Cóndor habla de esa memoria, pero también de la tensión entre permanecer y partir, entre honrar el origen y atreverse a buscar otro horizonte.