Opinion
EL FUERTE Y SUS NARANJAS DE ORO
Los otros caminos
Iván Castro Aruzamen
Jueves, 1 Septiembre, 2016 - 17:28

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El Fuerte está encajonado entre montañas y quebradas cerca del río Pilcomayo en la provincia Nor Cinti del departamento de Chuquisaca. Allá en medio de esa geografía difícil y cuando las carreteras no era más que un sueño, solamente hombres y mulos podían adentrarse por escarpadas laderas y profundas quebradas, llenas de vegetación y un aire caliente como las entrañas de la tierra y hacerse con las naranjas de oro de El Fuerte; sí, ahí están las naranjas de oro, de sabor y color incomparable con cualquier otra del país. Probé las naranjas que salen de Chapare o Independencia o las que llegan de los Yungas –eso sí únicas para un buen yungueño– y también las que producen los valles de Santa Cruz; pero, como las naranjas de El fuerte ninguna. En su última visita a Cochabamba, después de viajar miles de kilómetros desde el Norte (Aurora, Colorado–EE.UU.), el novelista Claudio Ferrufino-Coqueugniot y las naranjas de El fuerte a lomo de mula y luego el bus que viene de Tarija, una mañana entrañable de agosto, llegaron a las manos y el gusto del autor de El exilio voluntario. Quedó sorprendido por la dulzura y tersura de las naranjas de El Fuerte. Hace unos días, tras su largo viaje las naranjas custodiadas por Anteo, anidaron en los labios de una hermosa muchacha, Katherine, a quien escribí unos poemas para conquistar su amor; las naranjas cuyo sabor dejó extasiados a dioses griegos, no podían ser ajenas a los poemas. Así como Claudio, ella también exclamó su sorpresa ante tanta dulzura de las naranjas que mi madre no deja de enviar entre los meses de julio y agosto. Aún no sé si las naranjas conquistaron su corazón, pero sí su paladar. Esas fueron las últimas de este agosto. A esperar las próximas hasta el siguiente año. ¿Cómo es que estas naranjas dejaron embelesados a los dioses? Yo imagino que aquel célebre combate entre Anteo y Heracles debió de ser en el Jardín de los naranjos de oro de El fuerte. Anteo era un gigante, hijo de Poseidón y Gea; éste era el precursor de la enigmática ciudad de Tánger (antigua Tingis; en francés Tangier, en árabe, Tanya), ciudad portuaria del norte de Marruecos, en una pequeña bahía del estrecho de Gibraltar. Anteo, seguro de contar con la protección de su madre,  la diosa Tierra, obligaba a todo viajero que se adentraba en su territorio a pelear con él. Se nos cuenta que Anteo siempre y cuando sus pies estuvieran pegados a la Tierra, su madre, era invencible. Por su parte, Heracles, hijo del dios Zeus y de Alcmena, mujer del general tebano Anfitrión. Tras su arrebato de locura y asesinar a su esposa e hijos, Euristeo, influido por Hera, le impuso el desafío de afrontar doce difíciles pruebas, los doce trabajos de Heracles. Y así en su camino hacia las manzanas de oro situadas en el anhelado Jardín de las Hespérides, se encontrará con Anteo. La pelea entre ambos debió ser extremadamente silenciosa y elegante. Aunque el combate, nos dice la mitología griega, se produjo en la entrada del Jardín de las Hespérides, en algún lugar del estrecho de Gibraltar; no obstante, pudo sencillamente haber ocurrido en los accidentados Jardines de las naranjas de oro de El Fuerte y no así en los Jardines donde estaban las manzanas de oro. Heracles debía llegar a las naranjas de oro para superar los doce trabajos y así librarse del remordimiento de su crimen. Ahí, en el huerto de las naranjas de oro, ambos dioses se enfrentaron en recio combate cuerpo a cuerpo, cada uno con su enigma y su certeza. Heracles, descubre que Anteo es vulnerable si está suspendido de la Tierra, su madre. Con un movimiento veloz, Heracles alzó sobre sus hombros y logra vencer a Anteo. Como premio Heracles se llevó consigo las naranjas de oro de El Fuerte y además a Deyanira, esposa de Anteo, a la que desposará pero que más tarde será la causante de su posterior muerte. Las naranjas de El Fuerte, por esa razón más que suficiente, poseen el sabor y la dulzura de Deyanira y la tersura de la piel de Heracles y el color de oro del Jardín de las Hespérides. Sabemos también que hasta el Señor de Quiskira, patrono del hermoso templo de Santa Elena, en el municipio de Incahuasi, de vez en cuando desciende por los laberínticos caminos que llevan hasta el Jardín de las naranjas de oro de El Fuerte para saciar su sed.