Opinion
PRIVILEGIOS DE UNA CLASE OCIOSA
Los otros caminos
Iván Castro Aruzamen
Viernes, 25 Agosto, 2017 - 15:45

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Es verdad que durante este último decenio en nuestro país, se han sucedido avances, retrocesos y añoranzas. No todo lo que brilla es oro. Pero, aquello no ha cambiado en absoluto, son los viejos privilegios de los que siempre ha gozado la clase política, sea esta de derecha o izquierdas; los primeros va a misa y, los otros, a algún rito ancestral. Esto no ha alterado un ápice los beneficios del poder. Sin duda, la vida está llena de optimismos, pero, al mismo tiempo, de sinsabores, sobre todo para los más pobres y desharrapados del Estado Plurinacional. Es comprensible, hasta podríamos decir, casi inevitable, que los políticos socialistas, por ahora, mayoritariamente; y como gustan denominarse a sí mismos como progresistas, añoren melancólicamente los privilegios de los políticos de antaño, pero solo como una estrategia de justificación del actual estado de cosas. Pretender abolir los privilegios de una clase acostumbrada al ocio –junto a los militares, quienes son la primera clase ociosa del país y la historia de la humanidad– es como el mar para Bolivia, por el momento, imposible. De ahí que el pacto cívico-militar, entre militares y ponchos rojos, goce de tanta pomposidad. Las clases ociosas, políticos y militares, necesitan legitimar su accionar a través del simbolismo del comunitarismo y la soberanía.

El discurso ejercido por los voceros del régimen actual, haciendo un corte radical entre un antes y después, esconde en el fondo, un alegato en favor de la ociosidad y el ejercicio del poder de una clase nostálgica por gozar de los innumerables privilegios de la política y el Estado: tráfico de influencias, negocios ilícitos, vida de lujos, prostitución, impunidad, malversación, enriquecimiento ilícito, coimas, diezmos y otros. Con el paso de los años, los políticos socialistas y sus pares liberales, se han narcotizado con las delicias del poder; no otras cosas significan el vivir bien; pero como dice el teólogo, Víctor Codina, «siempre vivir a costa de los otros», es hoy la regla de los políticos del actual gobierno. Un caso patético de este vivir a costillas de los otros se grafica en el régimen venezolano de Nicolás Maduro. Y en nuestro país esos otros que sustentan el vivir bien de los políticos son los indígenas, campesinos, clase media y migrantes en los cinturones periurbanos de las urbes.

Por tanto, la nostalgia teñida de crítica de los políticos de hoy por un antes, no es sino, falsa y aparente, porque esos privilegios los sitúa en la cumbre del vivir bien, frente al resto de la población. Y es transparentemente obvio en estas condiciones, que la clase política ociosa no tiene la menor intención de dejar el poder. Las artimañas para permanecer en el ojo de los privilegios y embadurnarse con el maquillaje del poder, son innumerables. Torcer la constitución en función del goce de privilegios es una acción propia de los políticos ociosos. La ilustración de Erich From acerca de la diferencia entre enamorarse y amar es perfectamente aplicable al político y su aparente nostalgia. Están enamorados del poder. No aman el poder. Porque en el momento en que se rompe esa relación, sienten que lo que les hará una falta única es el placer del poder, no el amor. Pues, los privilegios les lleva a creer que aman el poder. Amar el poder es dejar que ideas diferentes y hasta confrontadas, puedan converger en función del bien común.

Por el momento, la clase política ociosa, más cercana que nunca a los militares, no están dispuestos a renunciar al placer fruto de su profundo enamoramiento del poder. Por eso, ya se avizora en el horizonte de nuestro país, nubes de confrontación, porque en su momento no querrán irse del poder los ociosos que viven de la política y el Estado.

 

Iván Castro Aruzamen

 

Teólogo y filósofo